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Javier Giner, a ratos.

ESTE SOY YO, A RATOS.

[Lou Reed – Street Hassle]

Presentarse no es tarea fácil ni agradable, para qué mentir. Mucho más para mí que soy experto en reaccionar de la siguiente manera: en el momento en el que se me pide que haga algo me bloqueo y acude ese viejo conocido que es el miedo a no ser capaz. Y sólo me vienen a la mente cosas que no tienen nada que ver con lo que necesito decir. Por ejemplo: me pongo con este texto y sólo acuden imágenes mentales de todas las posibilidades que tengo para hacerme la comida de hoy y la ristra de alimentos que anidan en mi frigorífico con peligro de descomposición inmediata. Además, en estos días tecnológicos, frenéticos, aisladores e infoxicados (el steampunk comienza a ser una realidad social) en los que invertimos una cantidad de energía insultante en intentar borrar los trazos de las etiquetas que otros nos ponen, plantearse etiquetarse uno mismo resulta paradójico, cuando no directamente absurdo. Pero si queremos jugar, normalmente nos toca hacerlo: en tu perfil del Facebook, en la cuenta del Twitter, en el registro de la lavadora, en cualquier web de puteo, en los currículums vitae, incluso en la cola del supermercado. Es un coñazo esto de que cualquier cosa que hagas o digas se convierta en tu seña de identidad (otro nombre más) y se te cuelgue del cuello como un koala. Sobre todo para gente como yo que cambiamos de opinión, sin ningún tipo de prejuicio, varias veces al año. Así que no sé por qué me propuse en algún momento escribir esta carta de presentación. Otro motivo recurrente en mi vida: no saber. Y aquí estoy: obligado por contrato. Siempre me pasa lo mismo. Por abrir la boca.

Soy escritor y cineasta en ciernes, aunque a mí me gusta autodenominarme cuentista (en negrita, sí). Porque reniego de la realidad y vivo la mitad del tiempo en las nubes (un lujo, pero también una condena). Lo de ser escritor no es nada interesante, por cierto. Básicamente consiste en pasear en pijama por la casa encadenando cigarrillos e infusiones (algunos prefieren lingotazos, es cierto) pensando en cosas que a muy poca gente le interesan, chequeando tu Facebook 189 veces cada hora, deseando que te llame cualquiera (incluso tu peor enemigo) y te proponga irte al fin del mundo (cosa que normalmente harás intentando escapar de la agonía de la escritura) y tecleando cosas abruptas que en pocas horas probablemente borrarás al releer. Algo así elevado a la potencia que tú elijas. También puedes ducharte y vestirte como si fueses a trabajar y ponerte a escribir (si te tomas lo suficientemente en serio e integras los consejos de algunos compañeros mucho más profesionales que tú). Depende de cada uno. Nací en Barakaldo (dato importante pues espero que esto lo lea mi madre, que también es barakaldesa) el año en el que se publicó “Bajo el signo de marte” de Fritz Zorn y se estrenó “La guerra de las galaxias”. Aunque el número no tenga realmente importancia. Intento ser como las ideas: eternas. Tengo careto de niño, así que por ahora me puedo dar el gusto. Estudié en Bilbao, Madrid y Nueva Orleans. Y después, mochila a la espalda, me trasladé a Los Angeles donde trabajé en los estudios MGM. Estudié escritura y dirección en la Escuela de Cine de Los Angeles y adelgacé un montón (fui niño obeso, así que te puedes imaginar lo contento que me puse). Durante ese tiempo escribí y dirigí dos cortometrajes con un denominador común (según aquellos que los vieron): el gusto por las historias salvajes (esta dicotomía me acompaña desde entonces: aquello que yo encuentro tremendamente tierno, incluso dulce, a otros les parecen verdaderas atrocidades). Los titulé SAVE ME y NIGHT FLOWERS y los puedes ver pinchando aquí sobre su título. Sólo si te apetece. Al regresar a Madrid me integré en el equipo de El Deseo, la productora de Pedro Almodóvar, donde estuve cuatro años trabajando como responsable de relaciones internacionales y ayudante personal de Pedro. No hay suficiente espacio en esta web para describir todo lo que viví a su sombra. Un sueño. Debuté con la novela “El dedo en el corazón” (Atico Ediciones, 2006) y me sentí escritor por primera vez (algo que da subidón y terror al mismo tiempo). Después publiqué el relato “Dos palabras” en el libro “El último baile” (Odisea Editorial, 2007). También uno que confieso que me gusta releer que titulé “El vacío que dejaste” en la Revista EÑE (La Fábrica, 2008). Fui guionista en Canal + y formé parte de la primera hornada de artistas que publicaron en la revista LUBE, una gesta cultural comandada por David Guillén que me enorgulleció durante todo ese año y el siguiente. En la actualidad colaboro habitualmente en El País – EP3, Vanity Fair, MarieClaire, METAL Magazine, NEO2,  VICE magazine, V Magazine Spain, Rocket Magazine, FUXYZ Magazine, SINGULAR Magazine y en otros medios. También doy clases de cine (especialidad de dirección y guión) en La Casa del Cine de Barcelona (cuando puedo, eso sí). He ejercido de Editor Jefe de un proyecto que me tiene enamorado perdido llamado TO BE CONTINUED  mientras intento sacar adelante la financiación de dos cortos (lo de la financiación en nuestro país es como hacer malabarismos en gravedad cero), escribir un largometraje y terminar mi próxima novela, de título “Actus” (lo único que ha permanecido sin cambio en estos últimos tres años, el título). No desisto: si algo he aprendido es que la cabezonería, la constancia y la persistencia en esto de la creación es tan o más importante que el talento. Así que, dando un paso en pleno vacío, he fundado, junto a otra gente, una productora (humilde y graciosona) que se llama ACTUS PRODUCCIONES S.L. y ruedo por fin mi próximo cortometraje: “El amor me queda grande”. También he sido jurado en el Festival de Sitges 2011, algo que me hizo una ilusión tremenda. Y he sido el jefe de prensa de la última peli de Almodóvar, “Los amantes pasajeros”, que ha sido como irse de fiesta 3 meses seguidos con íntimos. Últimamente, además de todo lo anterior, he estrenado un blog de cine y ocurrencias en la página web de mis amigos de la librería Ocho y Medio, la librería de cine más alucinante que tenemos en España. Me puedes leer aquí: BLOG VISCONTI HA MUERTO. Hasta aquí mi currículum, que me aburre hasta a mí. No sé qué impresión te puede haber causado. La verdad es que no dejan de ser cosas que he hecho, sin más. Algunas de ellas han cambiado mi vida y, nunca falla, siempre suelen ser las más anónimas (recientemente he impartido un taller de cortometraje con chavales discapacitados que ha sido un antes y un después para mí en muchísimos sentidos). Me puedes ver a menudo en la sección de libros de la Fnac o en La Central y en los cines Ideal y/o Renoir Floridablanca, así como sentado en cualquier portal de Malasaña o el Raval fumándome un cigarro y bebiendo coca cola light o fanta naranja. Hace años dejé las drogas y el alcohol así que estoy de mucho mejor humor y reacciono la mar de bien si me reconoces y me pides un autógrafo, incluso si me pides el Messenger o el teléfono. A no ser que tengas pinta de psicópata en fuga probablemente te lo daré. Si tienes pinta de peligro público además de dártelos, intentaré invitarte a un café para que me cuentes tus problemas. La ausencia de sustancias me ha reconvertido en un pijopunkirustichic con un punto de jipismo descarado tranquilo y sonriente. Ahora, por fin, recuerdo todo lo que hago y digo, que es un logro en sí mismo. Y me soporto a mí mismo más que nunca.

¿Para qué te cuento todo esto? Y yo qué sé. ¿Y qué hago aquí metido? Buena pregunta. Estoy aquí para hablarte de quién soy y de lo que me gusta. ¿Por qué? Pues no lo tengo del todo claro, la verdad.

Detesto la depilación, la mentira, el distanciamiento emocional, la arrogancia, los michelines (los míos, principalmente), la intolerancia, la hipocresía, los posados de Elsa Pataky y Ana Obregón en un photocall, la derecha política, las anchoas, las aceitunas y el foie. Pero no me gusta hablar de lo que no me gusta. Eso que lo hagan otros. Yo no quiero contribuir a destrozar el trabajo de nadie. Por muy patético que éste resulte, el hecho de que exista y de que alguien haya tenido el arrojo y la valentía de parirlo merece todo mi respeto. Que quede claro: a mí lo que me tira es contar lo que me gusta; emocionarme y compartir aquello que me pone la carne de gallina y me humedece los ojos. Mark Oliver Everett (cantante de Eels metido a escritor) decía en su “Cosas que los nietos deberían saber” que “lo bonito duele”. No puedo estar más de acuerdo. Lo estoy tanto que hay un post-it frente a mí con esa frase escrita, desafiante ante mis ojos. Para que no se me olvide nunca y poder entender así el tipo de dolor que persigo en mi vida. Lo bonito. Eso es lo que soy: un defensor a ultranza de lo bonito (palabra que ahora mismo recupero y reivindico como necesaria en el vocabulario de todos). Se acabaron los maravillosos, los guais, los mola mucho, los de puta madre y demás.

Algunos datos sobre mí que es importante que sepas antes de seguir leyendo: soy gordo en invierno, delgado en verano, muy amigo de mis amigos y desde hace dos años me pinto las uñas de negro (las de las manos) y no es por estética (que me gusta), sino porque ha sido la única manera que he encontrado de dejar de mordérmelas. Muchas cosas que terminan convirtiéndose en señas de identidad importantes en mi vida ocurren así, sin realmente pretenderlo. Pero me gusta esa confusión (que los demás sigan pensando que me ha dado por hacerme gótico a los 30). La confusión es sana. Como la incertidumbre. Soy una esponja. Y me gusta que sea así. Hay días que me emociono con una cosa, otros con otra. Hace unas horas me he emocionado muchísimo leyendo “La historia de la familia Roccamatio de Helsinki” de Yann Martel y hace unos años con el discurso de Paul Auster al aceptar el Príncipe de Asturias. Escribo mucho mejor por las mañanas, temprano, con cigarrillos y a ser posible junto a una ventana abierta y siempre con música (que normalmente se entremezcla en mi ficción). La música que escucho mientras escribo es importantísima, por eso me gusta que no sea música con letras que ya conozca porque dejo de escribir y directamente me pongo a cantar. Así que no suelo utilizar ni musicales ni Marylin Manson. También suelo escribir rodeado de libros, que se apilan por todos lados y que marco continuamente subrayando ideas o frases que me llegan. Me angustia pensar que no se me va a pegar nada de la gente a la que admiro, así que los tengo siempre bien a mano. Cambio continúamente palabras, comas y soy experto en borrar de un tirón párrafos enteros. En materia creativa, no me tengo ningún respeto. Creo que tomarse en serio es el primer error posible de una lista interminable. Tengo la manía de imprimir versiones nuevas cada vez que realizo cambios y repasar y volver a cambiar sobre papel, con bolígrafo rojo o negro, nunca azul. Continuamente pienso en que me encantaría escribir en la soledad de la noche, como mandan los cánones, y tener insomnio o algo así en plan glamour, pero no. Muchas veces me siento tremendamente inseguro (acojonado vivo se acerca más a la realidad), sobre todo al comienzo de una historia. Paso días enteros, a veces son semanas, con la historia en la cabeza sin decidirme a escribirla. Y se convierte en una especie de relación fantasmal que va creciendo dentro de mí. Amontono notas en todo tipo de soportes como un neurótico esquizoide. Dormimos, vamos en metro, cenamos, imaginamos, salimos de marcha, paseamos, cagamos… siempre los dos: la historia y yo. Hasta que un día decide salir. Y yo en ese momento es cuando más miedo paso y me retiro a una esquina para que ella salga con ganas, cuantas más mejor. Creo en la “cocción de la ficción”, la ficción-vómito como la escritura de asociación libre me interesa cero. El videoarte tampoco es santo de mi devoción, la verdad, aunque esto no lo digo nunca en alto para que no me tachen de reaccionario. Me lastimo muchísimo a mi mismo pensando que no tengo nada que decir, y que no sé cómo hacerlo. Supongo que son ganas de joderme. Luego, poco a poco, el miedo, en el momento en que me dejo de concentrar en él y coloco mi concentración en lo importante, la historia, deja paso a la verdadera creación: y ésta es siempre una aventura que me mantiene en un estado muy cercano a lo que creo que tiene que ser la felicidad. En mis historias me gusta jugar con las percepciones ya establecidas. Convierto a los psicópatas en príncipes y a éstos en mendigos. Mis protagonistas suelen ser los antihéroes, porque “Top Gun” me hizo gracia a los doce pero ahora me parece un soberano coñazo. Me apasiona encontrar el lado humano de todas las historias, porque todas lo tienen y concibo “la soledad”, por ahora, como la madre de todos los temas y la mayor de nuestras enfermedades. El amor, la familia, el robo, el asesinato, los marcianos, el western, la comedia ácida e incluso el noir, me parecen temas, estructuras y géneros secundarios que nacen como espigas del de la soledad. Después de todo, siempre he creído que Phillip Marlowe o John Wayne eran unas personas que se pasaban la vida intentando convencerse (y de paso convencernos a los demás, lectores o público) a punta de pistola, en plan tiazo, de que ellos sí que sabían cómo estar solos. Quizá en eso residiese nuestra (o mía, perdón) admiración por ellos. Y siempre he creído que Alien no era más que un bichillo solitario que lo único que quería era preñar a Sigourney Weaver para tener novia, mutante por supuesto, y escapar así de la soledad, que en el espacio se lleva todavía peor. El nivel de necesidad cero de otros seres humanos ha sido una característica común en los héroes de nuestro siglo: por eso, quizá, me gusta que los míos sean todo lo contrario, hombres y mujeres con una necesidad de aceptación, de ser amados, de encontrar compañía y comprensión que va más allá de todas las reglas, entrando algunos en los terrenos de la psicopatía. El héroe común, de la calle, el necesitado, al que le caga la paloma y tiene que vivir con ello… pero no a lo Fernando León. Mis héroes tienen otro rollo. Cuidadito con las comparaciones. Mi momento favorito del día es cuando me tumbo en la cama, de noche, y leo en silencio (solo o acompañado, eso me da igual). Siempre, en cualquier lugar, situación o momento leo antes de dormir. Es un hábito que conservo desde que era un mocoso. Y si me lo chafan, suelo morder. He hecho verdaderas locuras por amor y no me arrepiento de ninguna. De las que me arrepiento (realmente no, pero es la única manera de que fluya el texto) es de las locuras que he hecho por ninguna razón en concreto que, con la perspectiva de los años y el tiempo, me han traído experiencias y supongo que un camino que se parece a esa palabra que tanto detesto: madurez. He sido (aún continúo activo en este departamento) un experto cum laude en meter la pata en multitud de ocasiones y situaciones. Vivo en Barcelona pero guardo un sitio en Madrid donde tengo parte de mi corazón. Aunque soy cero fan de las fronteras y de la geografía porque sigo pensando que los lugares los hacen las personas. Y a ver quién es el listo que pone a las personas en un mapa con toda su complejidad tridimensional. Lo de las fronteras me parece un concepto de mercadillo vintage sin ningún tipo de atractivo. Ni para revista de tendencias. Yo no me pondría una frontera ni para ir a un festival de música inglés. Si tuviese que elegir tres secuencias que me han emocionado cada una de las mil quinientas veces que las he visto escogería la conversación final entre Harry Dean Stanton y Nastassja Kinski en París, Texas, Michael Caine corriendo por el Soho de NY y regalándole un libro de EE Cummings a Barbara Hershey en Hannah y sus hermanas y Carmen Maura desgranando “La voz humana” de Cocteau a ritmo del “Ne me quittes pas” en La ley del deseo. Ha habido y habrá muchas otras. Tiene que haberlas. Si no, mi vida no tendría sentido alguno.

Aquí va, en metralleta.

Las cosas que me gustan.

Al loro.

Jeanette Winterson, Sam Sheppard, Raymond Carver, Jarvis Cocker, Olvido Gara, JD Salinger, David Bowie, Roberto Bolaño, Woody Allen, Pedro Almodóvar, Martirio y Paquita la del Barrio. Augusten Burroughs, Martin Amis, Laura Fernández, Santiago Roncagliolo, Nick Flynn, Charles Baxter, Patrick Modiano, John Cheever, Vila-Matas, Carmen Laforet, Bernard Schlink, Jeffrey Eugenides, Michael Cunningham, Joe Orton, Sarah Kane, Murakami, John Wray, Jim Thompson, Cole Porter, Cormac McCarthy, Antonio Orejudo, Michel Gondry, James Ellroy, Alice Munro, Belén Gopegui, Yann Martel, Richard Price, Fernando Vallejo, Philip Roth, Antonio Muñoz Molina, Truman Capote, Michael Chabon y Juan José Millás. Barcelona. Cortarme las uñas de los pies. Los Ángeles. San Francisco. Formentera. Repasar antiguas fotos en mudanzas. El sentimentalismo y la electrónica oscura. Los talleres mecánicos que abren 24 horas. El folk de guitarra. Las tortitas con sirope. Todo lo noir. Las pin ups. La poesía de Leopoldo María Panero. Lucien Freud. Dave Eggers. Christina F. Las ciudades y los bosques. Las playas escondidas. Miranda July, Tracey Emin, A.M. Homes, Nan Goldin, Paul Thomas Anderson, The National, las cantautoras bollo, Elvira Lindo, las Nancys Rubias, Eels, Ana D, Vicente Minelli, Luis Buñuel, Luchino Visconti, Johnny Cash, Sondre Lerche, Jon Brion, Fiona Apple, Melville, Julio Medem, Chet Baker, Federico Fellini (por supuesto), Robert Altman, Lars Von Trier, David Lynch, John Cassavettes y Canino. También me apasiona Un profeta de Audiard. Francis Bacon. Carlos Díez. Ella Fitzgerald. Astrud. Sophie Calle. Las actrices que se arrepienten públicamente de haberse pasado con el bótox. El cine, SIEMPRE, de cualquier tipo y en cualquier lugar. El color rojo. Las exposiciones que no entiendo. El exceso de maquillaje sobre cualquier superficie. Las ingles. La danza contemporánea. Los atardeceres. El pelo púbico. La mahonesa. Los niños que hablan y observan con curiosidad y condescendencia (ellos sí que saben). Las oreos de chocolate blanco. Tolerar el malestar. El té rojo de cereza. Amaya Arzuaga. Todo lo incomprensible. Las preguntas sin respuesta. Los perros y los caballos. Javier Cámara y Jorge Calvo. Bernard Wilhem y Tom Ford. Edward Hopper y Carlos Berlanga. Victoria Abril y Rubén Ochandiano. Lola Dueñas y Carmen Machi. Los albornoces. La tortilla de patata. Los sofás con mantas calentitas. La coca cola light. Decir “¡¿Cómo?!”. Mario Vaquerizo. Los fanzines. Los hombres. Los hombres que no se depilan. Los cerebros rotos. Las luces de Navidad. Intentar mantener viva mi planta de aloe vera. Decir “te quiero” temblando de miedo. Mi terapeuta. El ukelele y el violín. Los camellos filósofos. Fracasar mejor. La micropoesía de Ajo. Pucci. Las emociones a flor de piel. Las cosas que no pueden explicarse, como los momentos intensísimos en los que una emoción líquida te invade la garganta y el pecho nublándote la mirada. La lluvia. El calor. Agradecer. Las terrazas con gente que sonríe o que llora en silencio mirándose a los ojos o apartando la mirada. Fumar dos cigarrillos seguidos. Las camisetas de tirantes. La gente que no sabe hablar y sólo se comunica cantando. Las vecinas que hablan de balcón a balcón. No adelantar acontecimientos. El movimiento 15-M. Los petazetas. Escaparme de fin de semana con amigos. El sexo con deseo. El sexo con amor. El sexo en todas sus vertientes. El amor en todas sus vertientes. La falta de prejuicios. Los graffitis. La defensa de la diferencia. El jazmín. Todo lo que sea de plástico y parezca barato (si es dorado me gusta muchísimo más). Los colores primarios, vibrantes. Lo excesivo (en las películas y también en las tetas). Las velas. Los adultos que saben que aún son niños (ellos sí que saben, también). Las duchas de agua caliente. Escuchar a Layla y a Cristina y a Gonzalo (a los dos) y a Rafa y a Xavi y a Elenita y a Ainhoa y a Deborah y a Miguel (a los tres) y a Cenzo y a Eva y a Dani. El travestismo y la confusión de géneros. Sufjan Stevens, Scott Mathew, Leonard Cohen, Tom Waits, Lou Reed y Placebo. Sudar. Dar toques en Facebook a gente que no conozco. Las fotos de Jesús Ugalde, Markus Rico, Cesar Segarra, Robert Doisneau, Francesca Woodman y Diane Arbus. Decir cosas incoherentes para el mundo que tienen mucho sentido para mí. Las enfermedades mentales. Los locos y los incomprendidos. Los textos de Paco Tomás. Subrayar los libros (los pasajes que me gustan) y escribir en las páginas blancas de delante y de detrás. Amontonar notas en todo tipo de cajones. Los reportajes y entrevistas de cine de Gregorio Belinchón. Las mujeres que se ponen calzoncillos para estar por casa.  Intentar hablar idiomas que no sé (el de los sordos incluido). Hablar toda la noche (a oscuras o con luz). Ficcionar mi realidad. La gente mayor (si tienen muchas arrugas, mucho más). Los personajes de José Martret, Chéjov, Daniel Sánchez Arévalo y Noah Baumbach. Los peluches con agujeros. La ropa con agujeros. Los agujeros. Aquella chica de La Mode, Pesadilla en el parque de atracciones de Los Planetas y El faro de Joe Crepúsculo. Las millonarias mejicanas. Las millonarias cocainómanas que no hacen nada con su vida, sean de donde sean. Quedarme sentado. La Terremoto. Dejar de poner excusas. Comunicarme con los ojos. Las mujeres que salen a la calle en combinación, botas camperas y el pelo suelto. Un café al sol. Mi diario. Fregar. No llevar ropa interior en verano. Cerrar los ojos y sentir la brisa en la cara. Sonreír a un extraño. Tirarme un pedo, y dos y tres. Las lágrimas sin dueño. Las modelos inteligentes y los políticos honrados. Doler por otros. Los silencios compartidos. Los humildes. Aceptar un consejo. Escuchar con atención. Sonreír de nuevo. La gente que responde con preguntas. Los que son valientes y los que se cagan de miedo pero siguen adelante, más valientes que los primeros. Un abrazo por sorpresa (también puede ser un beso). Los ideales imposibles. Las causas perdidas. Una mano que te tapa la boca con cariño. Aceptar en quién me he convertido. Apoyarse. Tratarme con cariño. Respirar. Pasear en moto por la ciudad vacía de noche sin dirección concreta. Un email (a veces). Compartirlo todo (hasta lo prohibido). Mostrar las heridas. Dejar ir. Cooperar. Besar los párpados. Las sonrisas furtivas y las carcajadas insolentes. Responsabilizarme. Dejar de pretender. Derruir personajes (en la realidad, porque en la ficción me gusta justamente lo contrario: construirlos). Seguir hablando. Los dedos en la boca. Los caretos en las fotos. Eyacular dentro de la persona que amo. Apretar la mano con fuerza metiendo todos los dedos dentro del lazo. Que se apoyen en mí. Una canción recuperada. Aprender lo que significa respeto (por los demás y por mí mismo). Una llamada de teléfono. Sentirme querido. Querer.

Estar aquí, desnudándome y escribiéndote, intentando paliar el miedo que me atenaza al ser honesto. Sí, claro que me gusta. Muchísimo. Más que eso: me vuelve absolutamente loco.

Bienvenid@ a mi mundo, a parte de él, a ratos.

 

© 2011 Javier Giner. All rights reserved.

CONTACTO: info@javierginer.com